viernes, 20 de mayo de 2011

Mi primer cuentito cursi...

En esta ocasión quiero compartirles mi primer intento de cuento que surge de una conversación en un blackberry, en esos 35 minutos de inspiración escribí esta historia que no es más que mi versión de esos cuentos hermosos que solía leer cuando era una niña inspirada en el sentimiento real y genuino que tengo hacia mi propio príncipe. No ha podido ser una adaptación fiel de ese destello de romanticismo que iluminó mi noche en esa ocasión porque lamentablemente dejé pasar mucho tiempo para ponerlo en papel, pero espero que lo disfruten.


Suhalia

Suhalia, la futura heredera del Reinado de la Escalonia, era una princesa hermosa que había crecido feliz gracias a los cuidados y el amor de su padre, el Rey Carlos, el rey más justo que había conocido la tierra de Salvadonia. Los días de Suhalía transcurrian en gran paz y quietud rodeada de sus criados que la cuidaban y la querían como verdadera hija.

Suhalía era una hija ejemplar, ayudaba a su padre a administrar los bienes del reinado, visitaba casa por casa a sus colonos para enterarse de los problemas de sus súbditos y ayudarles a hacer su vida más cómoda. La vida de la Escalonia no habría sido la misma sin la dedicación de Suhalía. Pero su padre la amaba tanto que le ocultaba que día con día el reinado se estaba haciendo más pobre.

Un día finalmene el rey decidió compartir con su hija la difícil situación que estaba atravesando en sus tierras y la princesa pudo ver como esto afectaba mucho la salud de su padre. Hubo muchas noches de insomnio e intranquilidad en la vida de Suhalia, deseaba ayudar a su padre pero no sabía como hacer.

Un buen día llegó un forastero a Escalonia y les comentó que en el Reinado de los Tucsos había un rey que recién había sido coronado y estaba buscando una reina, había ya recorrido tierras lejanas buscando a la elegida y no podía encontrarla. La princesa Suhalía sería la ideal para ser la Reina de Tucsos-decía el forastero. La princesa se interesó en la conversación y empezó a hacer miles de preguntas porque deseaba saber si ese rey sería capaz de salvar a Escalonia de la ruina económica.

La princesa, motivada por el deseo de ayudar a su padre, decidió ir en busca de ese famoso rey, su corazón albergaba la esperanza de que ese soberano posara su mirada en ella y de esa manera ayudar a su padre. Un día,la princesa Suhalía le comentó a su siervo Menelao:

-Menelao, necesito que me acompañes en una aventurera empresa. He decidido ir en busqueda de Aquileo, Rey de Tucsos para que me conozca y si Dios permite que yo sea agradable a sus ojos, decida casarse conmigo y de esa manera salvar a Escalonia de la ruina.
-Pero mi niña, dijo el fiel y sabio Menelao, tú sabes que eso no es posible, es el rey quien debe venir a buscarte, debes ser paciente mi niña y abandonarte a la confianza en Dios.
-Menelao, no sabemos si ese rey logre llegar hasta acá, estamos muy lejos de sus tierras, tú sabes la situación delicada de la salud de mi padre, necesito ayudarle o mi padre puede morir de pena, además, ustedes son mi pueblo y no quiero que mi gente siga sufriendo de carencias. Esta decidido, yo ire a buscar las tierras de los Tucsos, dime tú si me acompañaras en esta empresa.

Menelao se apretó los dientes y torció su boca en señal de desaprobación, volvió su mirada hacia Suahalia y la encontró frente a él con el pecho erguido y su mirada desafiante, decidida a emprender ese viaje con o sin su apoyo.

-Está bien, mi niña-le dijo. ¿Cuándo partimos?
-Hoy mismo por la noche-contestó Suhalia. Se dio la media vuelta y se dirigió a su castillo a hacer su maleta.

Ese mismo día en la noche, dejando una carta sobre su cama con la promesa de volver convertida en una reina, Suhalía partió al lado de Menelao.

Era un viaje largo, Suhalía era una chica saludable y positiva, iba durante todo el viaje haciendo bromas y juegos con Menelao, ansiosa de llegar a Tucsos.

Hacía unos días, el Rey Migelangelo, soberano de las tierras de los Teclados había salido a cazar venados con Lautaro, su siervo más fiel. El Rey Migelangelo era un rey joven, sin duda el más próspero de los reyes de la zona. Su madre insistía en que se casara pronto pero el rey no mostraba interés en casarse con ninguna de las doncellas de Teclados, todos decían que no había seriedad en su conducta pero el rey había heredado el corazón de su padre, un hombre soñador y visionario que creía en el amor y que se casó profundamente enamorado de su madre. Quiero seguir los pasos de mi padre-decía Migelangelo con orgullo, cuando alguien criticaba su soltería.

Migelangelo estaba sigilosamente escondido entre unos arbustos, con la mirada fija en su escopeta, listo para la caza de un venado que había estado persiguiendo desde temprano por la mañana cuando lo que observó aparecer fue la cabeza de un caballo. Estaba listo a incorporarse para averiguar quién podría ser ese forastero que atravesaba sus tierras cuando el caballo dio dos pasos más y en ese momento su respiración se paró.

Todo sucedio en dos segundos pero él sintió que había transcurrido su vida en ese instante, su respiración se paró, su corazón empezó a latir fuertemente, él estaba sudando helado pero sentía internamente un calor inexplicable. Cerró los ojos, pensando que tal vez estaba soñando y cuando los volvio a abrir allí estaba ella...con la mirada fija al frente, como quien busca a alguien en medio de los arboles del bosque. Su rostro sereno y altivo, su cabello estaba hecho una trenza larga que ella había colocado a un lado de su cabeza y algunos de sus cabellos se habían soltado y caían caprichosamente sobre su frente y sus sienes, como desordenados por el viento. Sus ojos eran café oscuro, su piel blanca dorada por el sol del trayecto, su boca...no hay palabras que describan su boca. Ella entreabría sus labios en señal de estar expectante, buscando algo, la linea de sus hombros estaba perfectamene dibujada y era femenina, firme, simplemente hermosa. Una gota de sudor recorría su cuello hasta el nacimiento de sus senos, en ese punto de exploración visual estaba Migelangelo cuando apareció Menelao agitado y gritando:

-Mi princesa Suhalía, la he estado buscando, estaba profundamente preocupado por usted.
-Menelao! Lo saludó ella visibelmente aliviada, estaba por pensar que habías huido de tan azarosa empresa!

Lautaro se acercaba ruidosamente en ese momento, Migelangelo se dio la vuelta para señalarle que debía callarse cuando la princesa Suhalía en cuestión de segundos sacó su arco y su flecha y apuntó a la frente de Migelangelo gritando al mismo tiempo:"¿Quién anda allí?"

Las miradas de Migelangelo y Suhalía se cruzaron, ella desafiante, él totalmente desarmado porque no se había recuperado del impacto que ella había causado en él. No tema bella doncella decía él nerviosamente, somos dos forasteros que andamos viajando por las tierras de Salvadonia. Migelangelo se incorporó torpemente, Lautaro lo miraba estupefacto, no entendía lo que estaba sucendiendo...forastero? Se decía para sus adentros, ¿Qué está hablando mi amo?

Menelao se movió hacia el frente de su princesa para protegerla y Migelangelo les seguía diciendo:

-No teman, buenos viajeros, no somos unos foragidos, solamente estamos buscando un poco de comida y agua, nos hemos quedado perdidos en este bosque, ¿Podemos unirnos a su caravana?

La princesa Suhalía se conmovio de aquel hombre que parecía inofensivo y dio ordenes a Menelao de moverse, se acercó a Migelangelo, quien estaba traspirando desesperadamente con las rodillas flojas y con el corazón violentamente palpitante.

-Te dejaré seguir con nosotros pero quiero que sepas que no dudaré ni un segundo de apuntar mi flecha en tu frente nuevamente si tratas de atacarnos. Menelao- dijo ella mientras daba media vuelta-ofrecele un poco de agua y comida a estos pobres forasteros.

En un momento en que Menelao y Suhalía estaban ligeramente lejos de ese lugar, Migelangelo se encargó de decirle a Lautaro que se había enamorado, que esa era la mujer que quería por esposa, pero que quería conquistarla como un hombre cualquiera, que ella se enamorara de él y no de sus riquezas. Lautaro no tuvo más remedio que seguir el juego de su amo aunque para sus adentros se decía que esto era un disparate.

Viajaron varios dias juntos en los que Suhalia se sintió muy cómoda al lado de Migelangelo, le parecía que este hombre era muy culto y de buenas maneras para ser un trotamundos como él decía. Migelangelo se ganó su confianza y en una de esas tertulias al lado de la fogata, Suhalía le confesó el motivo de su viaje al reinado de los Tucsos, le dijo que no sentía que había otra opción y aunque sabía que esto era un sacrificio, prefería esto a ver su pueblo en ruinas y ver a su padre morir de pena moral. Migelangelo se conmovió y se vio tentado en ese momento a declarar su amor y decirle que él tenía la solución a todos sus problemas pero la princesa no lo amaba y él prefirió esperar pacientemente a ganar su corazón.

Finalmente llegaron al reinado de Tucsos, el rey Aquileo la recibió en el salón principal y quedó prendado de su belleza. Migelangelo no quiso dar a conocer su verdadera identidad por lo que quedó fuera del castillo en medio de todos los sirvientes, con un profundo dolor en su corazón de pensar que ese podía ser el día que él perdiera por siempre a su amada. ¿Había él hecho bien en ocultar su identidad? ¿No era mejor decirle de una vez que él era también un rey y que la amaba? Lo hecho, hecho está se decía para sus adentros, y lo único que quiero es que ella me ame con locura como yo a ella.

El rey Aquileo había sido cautivado por la belleza de la princesa por lo que decidió sin titubear que ella sería su esposa. Suhalía se quedó como huesped en su castillo mientras Aquileo preparaba la visita oficial a Escalonia, para pedir la mano de Suhalia. Mientras ella estuvo allí se dio cuenta con tristeza que el rey Aquileo era un rey muy cruel que trataba muy mal a sus siervos, además, era un rey libertino que trasnochaba todos los días bebiendo y disfrutando de los placeres carnales que le ofrecían un sequito de doncellas que tenía exclusivamente para proveerle placer.

Suhalia lloraba todas las noches pensando en la suerte que ella misma estaba decidiendo y pensaba que no había sacrificio que valiera la tranquilidad de su padre. Otros pensamientos que albergaba en su cabeza todas las noches eran los recuerdos de sus dias al lado de Migelangelo. Era un hombre que la hacía feliz de muchas maneras y que la llenaba de paz y tranquilidad. Un dia se sorprendió pensando qué feliz sería si se casara con él, cerró los ojos e imaginó un beso. ¿Podrá ser posible que yo esté enamorada? se decía.

El día anterior a la partida de Suhalia junto a Aquileo rumbo a Escalonia, Migelangelo se levantó con toda determinación y le dijo a Lautaro-nuestro viaje ha terminado, nos regresamos a Teclados. Lautaro vio la profunda tristeza en la mirada de su amo, él le había sugerido un montón de veces que fuera honesto con la princesa Suhalía y le dijera que era el rey más poderoso de Salvadonia, pero su amo estaba empecinado en ganarse su amor antes de revelar su identidad.

Suhalia estaba lista para partir, con un vestido azul hermoso y su cara descubierta, su cabello recogido y alto pero su mirada era triste y perdida. En ese momento, sintió como su corazón se partía en dos y se dijo: no puedo más, no puedo casarme con Aquileo, amo a Migelangelo. Salió corriendo de su cuarto, bajo todas las gradas de la torre donde estaban sus aposentos, a toda prisa y llegó finalmente a la pequeña casa de madera donde ella había dejado a Migelangelo desde el día que llegaron a Tucsos. Vio como todo estaba recogido, no había nada dentro de la casa.

Suhalía se desplomó sin más fuerzas, cayó arrodillada, derrotada, su rostro se llenó de lágrimas y puso su cara entre sus manos llorando amargamente. En ese momento entró Migelangelo, había olvidado su escopeta en una esquina de la casa, la miró asombrado y ella volvió sus ojos hacia él y con un impulso se paró y lo besó.

Migelangelo estaba parado y sorprendido, no sabía que estaba pasando, ella lo miró a los ojos con ternura y le dijo: Te amo, no puedo casarme con Aquileo, quiero casarme contigo. Hablaré con mi padre, con tu inteligencia lograremos que nuestro reino vuelva a prosperar, se que mi padre estará de acuerdo porque quiere verme feliz y yo se que sólo puedo ser feliz a tu lado.

Migelangelo se sonrió entre lágrimas y le dijo: Yo te amo a tí, te ame desde el primer instante que apareciste ante mis ojos. No te preocupes por el dinero, yo tengo mucho, sólamente estaba esperando tu respuesta para poner todos mis bienes a tus pies, quería que me amaras por lo que soy y no porque fuera la solución a tus problemas, yo soy Migelangelo el Rey de Teclados y mi reino es tan próspero que tu gente no tendrá que sufrir hambre nunca más.

Suhalia no salía de su asombro, subió al caballo de Migelangelo junto a él y se dirigieron felizmente hacia el reinado de Escalonia, a pedir la bendición de su padre para unirse en matrimonio, así vivieron felices por el resto de sus días.

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